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La sabiduría sioux y las redes sociales
Ricardo Peirano, 2 de octubre de 2026

Cuando las cosas se ponen complicadas, y hay dificultades de comunicación o de explicación o de entendimiento, es bueno recurrir a un proverbio atribuido a los indios sioux que dice así: “no juzgues a nadie hasta no haber caminado cuatro lunas (unas cuatro semanas) con sus mocasines”.
En esta frase anidan dos conceptos: por un lado, no juzgar sin estar en los zapatos del otro, lo que permite conocer por uno mismo la carga que esa persona lleva y que quizá no se note de afuera; por otro, el no apresurarse a emitir el juicio sin tener un cierto tiempo para aquilatar los elementos del caso.
Hoy en día, las redes sociales, con su velocidad de circulación y el anonimato que muchas veces albergan y alientan, permiten una rápida diseminación de ideas y de juicios lapidarios, muchas veces emitidos desde el anonimato de una cuenta de X donde nadie da la cara, sin ponerse en los zapatos del otro y sin siquiera tomarse el tiempo para aquilatar todos los elementos necesarios para emitir el juicio.
En la actualidad es muy fácil emitir juicios sin pensarlo dos veces. Ello ocurre en todas las redes sociales pero especialmente en X, donde es muy fácil escribir unos pocos caracteres agraviantes sin tener que elaborar un concepto y sustentar su pensamiento.
Y es muy fácil aplicar el RT que, según lamentaba su propio desarrollador, Chris Wetherell, podía significar que “hayamos entregado un arma cargada a un niño de cuatro años”. Una advertencia que, con el tiempo, cobró sentido y ayuda a explicar el avance de instrumentos destinados a regular su uso en los espacios educativos.
Antes de la creación del botón de retuit, los usuarios de la red social tenían que copiar y pegar el texto en un nuevo tuit a mano, y agregar la abreviatura 'RT', lo que les daba un poco más de tiempo para deliberar sobre lo que iban a publicar. Luego, con la introducción del botón de RT, la acción de reenvío se hizo instantánea y muy fácil de llevar a cabo.
Es, efectivamente, un arma cargada en manos de un niño de 4 años. Pero eso es así y no se puede cambiar, al menos mientras Elon Musk, dueño de X, no quiera. El RT no reconoce la sabiduría del proverbio sioux: no deja ponerse en los zapatos del oponente y no permite ese espacio de tiempo que antes había para pensar. Incluso ahora se puede hacer RT sin casi darse cuenta.
Las redes sociales facilitan pues la comunicación y la hacen mucho más rápida. Pero tienen la desventaja de que se pierde ese espacio de tiempo importante para juzgar o para pensar. De hecho, Wetherell, pensaba que el RT iba a ser útil para anunciar un tornado, o un accidente. Nunca imaginaron el éxito que tendría la función “compartir”, que luego se extendió a las otras redes y tuvo un resultado fenomenal, no ya para prevenir catástrofes sino también para lanzar insultos, juicios lapidarios e injustos y hasta para diseminar las famosas “fake news”. Era, en efecto, un revólver cargado en manos de un niños de 4 años.
Pero no hay que echar la culpa al mensajero sino ver que dice el mensaje. Y el mensajero muestra lo mejor y lo peor del ser humano. No se trata ya de prohibir el botón de RT o de “compartir”, sino de fomentar el uso de otra función –el pensamiento- antes de usarlo. Obviamente, ello corre por cuenta de la responsabilidad de quien maneja la red social. Y en ese mundo hay que vivir, con sus ventajas y desventajas.
Los ejemplos de uso inadecuado abundan y casi todos pecan del mismo vicio: la prisa y la ausencia de mocasines ajenos. Un recorte de video de diez segundos, sin contexto, basta para que miles condenen a un profesor, a un médico o a un vecino. El clip circula, el hashtag se incendia y, cuando aparece la versión completa, el daño ya está hecho: empleo perdido, familia acosada, reputación hecha trizas.
Caminar cuatro lunas con esos mocasines habría exigido preguntar qué ocurrió antes y después; el botón de compartir no lo pide.
Otro caso clásico es el de las noticias falsas sobre salud. Un tuit o un reel afirma que un alimento “cura el cáncer” o que una vacuna provoca un daño grave. Quien lo reenvía cree estar alertando; en realidad difunde un rumor que puede llevar a abandonar un tratamiento. No hay cuatro semanas (o un tiempo prudente) de verificación: hay un impulso y un clic. Lo mismo ocurre con fotos de accidentes o de menores, publicadas “para que se sepa”, sin pensar en la dignidad de quienes aparecen.
El acoso coordinado —el linchamiento digital— es el reverso más cruel del proverbio sioux. Cuentas anónimas se turnan para insultar, revelar direcciones o amenazar. El objetivo rara vez tiene tiempo de explicarse; el tribunal de la red ya votó. También es frecuente la usurpación de identidad: perfiles falsos que atribuyen a otro opiniones que nunca sostuvo. El daño es instantáneo; la rectificación viaja mucho más despacio.
En política, un titular sesgado o una cita fuera de contexto se convierte en “prueba” de traición. El retuit multiplica la sentencia antes de que el acusado pueda responder. En el ámbito laboral, un comentario de hace años puede reaparecer y destruir una carrera. Nadie pregunta si aquella persona cambió o si el fragmento fue editado.
Las redes no inventaron la malicia humana; solo le quitaron el tiempo de pensarla. Por eso el consejo sioux sigue vigente: antes de juzgar o de compartir, conviene caminar un rato con los mocasines del otro. No hace falta prohibir el botón. Hace falta usarlo después de haber pensado.
Pero volviendo a los sioux, aparte de su sabio proverbio, conviene recordar que se comunicaban con un lenguaje rudimentario: señales de humo, algo que no era del todo preciso.
Hoy tenemos afortunadamente el lenguaje verbal, el escrito y el corporal que reduce al mínimo los errores de comunicación. Pero los errores siguen existiendo porque los que lo usamos somos seres humanos y todos tenemos defectos. Por eso es bueno ponerse a pensar antes de opinar.