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Más del peor Mercosur
Ricardo Peirano, 4 de noviembre de 2026

La épica remontada de Luis Inacio “Lula” da Silva en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del Brasil quedará para los libros de historia y para los análisis políticos de dónde y cómo se suscitó tan gran cambio luego de una primera vuelta inesperadamente favorable a Flávio Bolsonaro.
Hay factores claros -descenso de la abstención y de los votos en blanco- pero que no explican toda la historia. Y o bien Lula captó la maesos votos nuevos o bien algunos votantes de Bolsonaro en primera vuelta votaron a Lula en la segunda.
Brasil -y no solo Lula- afrontan un futuro complejo. Tendrán que cohabitar un presidente de izquierda con un congreso de mayoría de derecha. Será necesario un severo ajuste fiscal sobre el ya excesivo 9% del PIB, al cual hay que agregarle dos puntos más como efecto de las medidas que Lula tomó entre la primera y la segunda vuelta para atraer “simpatía popular”. Los mercados expresaron su escepticismo sobre esa posibilidad con una fuerte caída bursátil y depreciación del real, que nos puede complicar la temporada veraniega.
Brasil también tendrá que lidiar con el disfuncional sistema judicial que se ha dado. Algo que quedó a la vista el domingo cuando un juez del Supremo Tribunal Federal tomó por sí la resolución de extender el horario de votación en todo el país, excediendo sus atribuciones que en materia electoral caen en el Supremo Tribunal Electoral. Es como si en Uruguay un miembro de la Suprema Corte de Justicia tome decisiones en materia electoral el día de las elecciones. No ocurrirá jamás. Ni siquiera la Corte Electoral, nuestro máximo tribunal electoral, puede hacerlo. En Uruguay el horario de 8:00 a 19:30 es el establecido por ley, y la única prórroga posible es la de hasta 1 hora por circuito cuando hay gente esperando al cierre, decidida por la mesa local. Un miembro de la Corte Electoral no tiene poder para extenderlo por sí solo y tampoco todo el cuerpo en conjunto.
Seguramente la extensión del horario electoral no explique la victoria de Lula pero no deja de ser una intromisión inapropiada de un Supremo Tribunal Federal que funciona, no como la última instancia de un proceso de apelaciones, sino como un juzgado monocrático y no colegiado, que toma decisiones que son irreversibles. Como el mismo hecho de que el domingo por la noche, con el resultado a la vista, el polémico juez supremo Alexandre de Moraes ordenó la retención del pasaporte de Flávio Bolsonaro. Curioso que no lo hubiera hecho antes. ¿Esperó acaso confirmar la derrota de Bolsonaro?
Frente a estos hechos uno no puede menos que congratularse de la “vieja y burocrática” seguridad jurídica que ofrece nuestro país, donde las elecciones son libres y seguras (más que en Venezuela, país con el que nos comparó desfavorablemente el senador Caggiani cuando fue a inspeccionar el sistema electoral venezolano implementado por Chávez y manejado por Maduro) y donde los jueces no hacen política.
Donde si no podemos quedar conformes es nuestra situación comercial con la región. La victoria de Lula no es un buen augurio para el Mercosur o, mejor dicho, para el relacionamiento comercial de los países que integran el Mercosur.
Bolsonaro había dicho en campaña aunque sin profundizar mucho que quería “liberar a Brasil de las amarras del Mercosur”. El gobierno uruguayo se agarró la cabeza y, después del resultado de la primera vuelta, temió por el futuro de ese tótem del proteccionismo que es el Mercosur. Varios voces salieron a decir que Bolsonaro pretendía destruirlo. En realidad, lo que dijo fue lo mismo que vienen pidiendo Uruguay y Paraguay desde hace más de 20 años: flexibilizar sus normas para que cada país pueda negociar acuerdos comerciales por su cuenta, para que se reduzca el arancel externo común (AEC) y para que se compensen las asimetrías entre los países grandes y los pequeños.
En Uruguay al principio se leyó mal la propuesta de Bolsonaro, como si quisiera irse del Mercosur. El Ministro de Relaciones Exteriores, Mario Lubetkin, expresó el pasado 12 de octubre en entrevista con Folha de Sao Pablo que “no era fácil irse del Mercosur” y que esperaba que “si este señor es elegido para presidir Brasil, cuando empiece a gobernar se dé cuenta de que muchas de las afirmaciones hechas durante la campaña electoral resultan poco prácticas una vez que se asume el cargo".
Ese peligro ya no existe. Lubetkin expresó este lunes su “felicidad” de trabajar con el nuevo equipo de Lula que asumirá el 5 de enero. Pero ese trabajo no será para flexibilizar el Mercosur. Al gobierno uruguayo le interesa formar bloque con Lula siguiendo la antigua amistad del presidente brasileño con Mujica. Por eso le ofreció parte de nuestra cuota de carne a China en “compensación” por no haber iniciado acciones comerciales por el presunto dumping de la leche en polvo uruguaya.
Como si Brasil nos hubiera ayudado algo, alguna vez. Como si Brasil no nos hubiera tirado abajo la posibilidad de un TLC con Estados Unidos en la primera presidencia de Tabaré Vázquez. Como si Brasil hubiera ayudado cuando en esa misma presidencia Argentina, violando todas las normas del Mercosur, cerró los puentes y prohibió la libre circulación de bienes y personas por la zona de Fray Bentos durante el conflicto de las pasteras. Lula, que presidía Brasil, miró para otro lado. Claro, era la Argentina de sus amigos Kirchner. Como si Brasil no se hubiera opuesto a nuestro TLC con China y hubiera sembrado dudas en el Acuerdo Transpacífico al cual queremos unirnos para ampliar nuestro comercio.
La región y el mundo están convulsionados por la gran polarización existente. Uruguay tiene que navegar en aguas procelosas. Pero no puede apegarse al gobierno de Lula que busca sus propios objetivos y que no ha mostrado nunca el deseo de mejorar el Mercosur. Apenas el tímido y reciente acuerdo con la Unión Europea, que Brasil torpedeó durante muchos años.
Es Uruguay quien debe sacarse de encima las “amarras del Mercosur” y esperemos que lo consiga aunque no haya apoyo del otro lado de la frontera.