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Apuntes rápidos sobre visita a Taiwán
Daniel Supervielle, 5 de noviembre de 2026

En representación de CERES fui invitado a Taipéi por la oficina de asuntos culturales y económicos de Taiwán en Buenos Aires. Fue un viaje a un país —cuyo nombre oficial es República de China y cuya isla fue conocida históricamente como Formosa— que hoy es punta de lanza de la innovación tecnológica y pieza fundamental en la fabricación de microchips y de servidores para los centros de datos de todo el mundo.
Sin Taiwán, el desarrollo de la inteligencia artificial iría mucho más despacio. A su vez, su democracia es vibrante, una de las más consolidadas de Asia. Pero vive bajo una amenaza permanente: la sombra de la República Popular China, gobernada por el Partido Comunista Chino, que quiere poner la isla bajo el control de Pekín.
Hoy es una economía de peso y un referente tecnológico mundial. Su éxito económico se debe a una apuesta sostenida durante décadas por la educación de calidad y la innovación, mediante el apoyo a los parques tecnológicos y al Instituto de Investigación de Tecnología Industrial (ITRI). Con respaldo estatal y autonomía de gestión, este instituto contribuye a diseñar el futuro del mundo.
En la isla saben perfectamente que no son los más poderosos, pero permiten que otros lo sean. Como bien dicen: “Nosotros hacemos reyes” (“We make kings”). Saben que, por población —unos 23 millones de habitantes— y por territorio —algo mayor que Bélgica—, nunca van a tener el poderío de las grandes potencias. Pero eso no los amilana. Producen insumos que les dan una gravitación clave en el avance de la ciencia y en el desarrollo económico y humano.
Geopolíticamente están ubicados en un lugar esencial: en el océano Pacífico, al sur de Japón, al norte de Filipinas y frente a China continental. Los separa de ella un estrecho por donde transitó, en 2022, más de una quinta parte del comercio marítimo mundial, según estimaciones del CSIS. La costa este de la isla es como un balcón estratégico sobre el Pacífico.
En plena expansión, buscan comerciar con todo el mundo. Desde hace varios años procuran reducir su dependencia económica de China continental y diversificar sus vínculos comerciales y sus inversiones. El sudeste asiático ocupa un lugar importante en esa apuesta, aunque sus mercados van mucho más allá de la región. También han solicitado ingresar al Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP).
Pero no todo es un paraíso para Taiwán: tiene un grave problema de baja natalidad, y la amenaza permanente de Pekín obliga a sus habitantes a levantarse todos los días en guardia ante la posibilidad de una escalada. La presión se siente en cada conversación, en cada proyección de futuro. En los últimos años, Taiwán —que tiene en Paraguay a su único aliado diplomático en América del Sur— despliega una ofensiva diplomática para ampliar su inserción en el mundo.
Buscan invertir, buscan socios, buscan capacitar a extranjeros en sus universidades y abrir sus parques tecnológicos a profesionales del exterior. Su presente es auspicioso y pujante. Son plenamente conscientes de su lugar fundamental en el mundo de hoy. Quieren seguir jugando el juego y que se note.
En un tablero mundial complejo, con guerras aquí y allá, con el comercio utilizado para proteger a los países de sus adversarios, con la debilidad del multilateralismo y el fracaso actual de los organismos internacionales, tanto Uruguay como el resto de las naciones deberían tomar en serio el planteo de Taiwán.
Para un país como el nuestro, no debería tratarse de estar con Taiwán o con China. Ellos mismos mantienen intercambios comerciales permanentes entre sí. Lo sensato sería ponerse en serio a estudiar cómo Taiwán, pese a su compleja situación geográfica y política logró tal crecimiento económico y desarrollo de vanguardia. Hay que analizar sus políticas educativas de largo plazo y la forma como desarrollaron sus parques tecnológicos para impulsar el crecimiento privado y la innovación de punta. Es un caso que merece ser estudiado en profundidad para ver qué podemos aprender para aplicar en estas tierras.
Las puertas de Taiwán, en ese sentido, hoy están abiertas. Habría que, por lo menos, animarse a entrar y ver qué aspectos de ese modelo se pueden adaptar. También explorar la posibilidad de atraer inversiones taiwanesas y fomentar intercambios de estudiantes y profesionales.
Durante mucho tiempo, Taiwán fue conocida por su industria manufacturera: ¿quién no recuerda el “Made in Taiwán”? Su transformación de un típico país subdesarrollado a uno de vanguardia no ocurrió de un día para el otro ni empezó después de la pandemia.
A lo largo de décadas lograron cambiar la pisada, entendieron al mundo y se prepararon para construir la nueva realidad. Lo lograron con creces y, en ese camino, también diseñaron y consolidaron su democracia. Aunque sea solo por eso merece que los tomemos en cuenta.