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Bajas expectativas
Ricardo Peirano, Semanario Voces, 6 de marzo de 2026

Lo mejor que ha ocurrido en este primer año de la administracion Orsi es que el presidente no se ha dedicado a una tarea refundacional. Quienes esperaban otra cosa se equivocaron. Orsi fue Orsi. El hombre de los consensos, del trato agradable, de las dificultades para comunicar bien sus ideas y sus políticas.
Los mayores chisporroteos provienen de un innecesario revisionismo de algunas decisiones del gobierno anterior (Proyecto Arazati y Cardama) y de correcciones a la interna de nombramientos de ministros y autoridades con defectos formales o cuestiones de ética política.
La única medida que podría englobarse en lo que se llaman “políticas de estado” fue la continuación de las tratativas para asociarse al bloque Transpacífico. Algo que en junio el canciller Lubetkin consideraba casi imposible y que en noviembre tuvo éxito luego de las gestiones de la vice Canciller Valeria Cusaki.
Por lo demás Orsi logró mantener equilibrios internos en un gabinete que refleja líneas de pensamiento muy alejadas entre sí e, incluso, opuestas.
Este 2 de marzo, en su rendición de cuentas ante la Asamblea General, el presidente presentó un balance con énfasis en la estabilidad: presupuesto quinquenal aprobado sin grandes concesiones (a los que esperaban una catarata de gasto público), metas fiscales contenidas, inflación en 3,5 % (la más baja en 25 años según el gobierno), salario real crecido 2,3 %, desempleo reducido del 8,2 % al 7,5 %, 26.000 nuevos puestos de trabajo creados y un crecimiento de ingresos medios de los hogares del 8,2 % en el último trimestre disponible. El oficialismo lo resume como un “Uruguay tranquilo que incluye a todos”, con avances en empleo y control inflacionario.
Sin embargo, la foto macroeconómica oculta una debilidad central: el crecimiento del PIB no despega y la productividad hace 10 años que está estancada y sin miras de mejorar. El cierre estimado del año 2025 quedó por debajo del 2,6 % previsto en la ley de presupuesto, afectado por la desaceleración del segundo semestre, incluso con una posible recesión técnica en los últimos dos trimestres.
Uruguay arrastra un estancamiento crónico en su tasa potencial, alrededor del 1,5-2 %, y el primer año de Orsi no mostró señales claras de cambio estructural. No se observan reformas profundas en competitividad ni reducción de los costos que desalientan la inversión privada. Mensajes contradictorios —como proyectos que complican despidos masivos o declaraciones sobre un país “caro”— generan incertidumbre.
El acuerdo Mercosur-UE, el acercamientos a China y integración en el Acuerdo Transpacífico son positivos, pero no compensan la ausencia de un plan interno que atraiga inversiones. El paradigma de un país estable, con democracia plena y cumplidor de tratados y normas internacionales no es suficiente.
¿Cómo sostener la “justicia social” prometida sin crecimiento que la financie? La respuesta oficial apuesta a la inversión y reformas micro, pero hasta ahora predominan las palabras sobre los hechos concretos.
En este contexto de expectativas moderadas y aprobación baja (23 % positiva vs. 38 % negativa según Opción, 31% y 46% según Cifra), el anuncio principal del discurso fue el envío de un proyecto de ley para crear el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Se presenta como cumplimiento de campaña: absorbería competencias dispersas, especialmente el Instituto Nacional de Rehabilitación (hoy en Interior), con énfasis en reorganización sin costo adicional. El gobierno lo defiende como modernización del sistema judicial y penitenciario, aunque también anunció otras medidas como el inicio de la construcción de dos cárceles de máxima seguridad, el Hospital de la Costa y avances en salud mental y jubilación anticipada.
La oposición lo rechazó de plano. Andrés Ojeda lo llamó “cortina de humo” y advirtió que este gobierno “no da garantías” para implementarlo bien. Javier García lo calificó de “enorme retroceso antidemocrático” que aumenta burocracia y gasto, recordando riesgos de concentración de poder. Cabildo Abierto, cuyo voto es crucial en Diputados, anticipó su voto en contra.
Las críticas coinciden en que es un error de timing: en vez de medidas urgentes para alentar inversiones, bajar costos o mejorar el clima de negocios, se prioriza ampliar la estructura estatal.
Crear un nuevo ministerio ahora no solo distrae, sino que simboliza prioridades invertidas. Mientras los uruguayos demandan empleo de calidad, salarios sostenibles y un crecimiento real que eleve el nivel de vida, el gobierno opta por organigramas. Y por organigramas que no tienen consenso siquiera en el partido de gobierno.
El primer año deja estabilidad macro y algunos avances sociales, pero también una interrogante persistente: ¿dónde está el motor concreto para que la economía crezca de verdad y deje de ser solo una proyección optimista?
Uruguay no puede esperar otro año de expansión mediocre. Requiere reformas valientes incluida la gobernanza y la competitividad de las empresas públicas, señales claras al sector privado y foco en productividad, no en más carteras ministeriales.
El problema es que esas reformas no están en los planes del gobierno y difícilmente el presidente lidere para llevarlas a cabo. Más bien tendrá que atajar algunos tiros en contra.
En un contexto global complicado y agitado, con cambios tectónicos en la geopolítica mundial y en las alianzas continentales, y con la Inteligencia Artificial dispuesta a transformar el mundo del trabajo, a Uruguay no le basta con ofrecer una relativa seguridad pero sin competitividad. Tiene que adoptar políticas que aumenten el rol del sector privado, tiene que apostar a la economía del conocimiento, tiene que abrirse al mundo sin temores.
Y esto no aparece ni en la agenda de gobierno ni en el discurso del presidente ni en sus mayores prioridades. Eso nos pone en una situación incómoda: navegar sin grandes olas pero sin la velocidad y el rumbo correctos y necesarios para un país que, además, se adentra en un peligroso invierno demográfico.
Orsi dijo que “el crecimiento solo” no basta. El problema no es “el crecimiento solo”. Es que no hay crecimiento, ni solo ni acompañado. Ni politicas para mejorlo significativamente.