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“Una república, si la podemos conservar”
Ricardo Peirano, 8 de julio de 2026

En setiembre de 1787, al salir de la Convención Constitucional de Filadelfia, una dama se acercó a Benjamín Franklin y le preguntó: “Bueno, doctor, ¿qué tenemos, una república o una monarquía?”. Franklin respondió sin vacilar: “Una república, si la podemos conservar”. Esa frase, breve y profética, resume el desafío permanente de Estados Unidos.
Once años después de la firma de la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776, y tras los fracasos de los Artículos de la Confederación, Franklin ya advertía que el gobierno republicano no era un logro automático. Requiere vigilancia constante, virtud cívica y la participación activa de los ciudadanos. No bastaba con fundar la nación; había que mantenerla viva generación tras generación.
Casi medio siglo después de Franklin, un joven aristócrata francés llegó a Estados Unidos en 1831. Alexis de Tocqueville recorrió el país durante nueve meses y plasmó sus observaciones en “La democracia en América” (1835-1840), una de las obras más lúcidas jamás escritas sobre el experimento estadounidense.
Tocqueville quedó asombrado ante la igualdad de condiciones que encontró. No existía una aristocracia hereditaria poderosa; la movilidad social era real y el pueblo participaba directamente en la vida pública a través de los gobiernos locales (los townships). Admiró especialmente tres pilares que sostenían la república: las asociaciones voluntarias, que actuaban como contrapeso al individualismo y al poder central; la religión y las costumbres (mores), que impregnaban la moral pública y limitaban los excesos de la libertad; y el descentralismo político, que hacía que los ciudadanos se sintieran responsables de su comunidad inmediata. Estas instituciones intermedias eran, para él, el secreto de la vitalidad americana.
Pero Tocqueville también detectó peligros latentes. El más famoso es la tiranía de la mayoría. En una sociedad igualitaria, la opinión de la mayoría puede aplastar la disidencia y la individualidad. Otro riesgo, aún más sutil y moderno, es el despotismo suave (o despotismo democrático): un gobierno que, en nombre del bienestar de todos, termina absorbiendo todas las decisiones, haciendo que los ciudadanos se vuelvan pasivos, dependientes y finalmente indiferentes a su propia libertad. “Los pueblos democráticos —escribió— aman la igualdad más que la libertad”. Ese poder “inmenso y tutelar” no oprime con violencia, sino que envuelve, reduce y adormece la voluntad bajo una multitud de reglas bienintencionadas.
Hoy, en pleno siglo XXI, esa advertencia suena casi profética. Más aún, en la segunda presidencia de Trump, cuando el mandatario americano hace muchas alusiones al poder absoluto de los monarcas y admira a líderes fuertes que no tienen que rendir cuantas a un parlamento o a un poder judicial independiente. Sus frecuentes y violentos desplantes ante fallos adversos del Tribunal Supremo son una muestra sublime de antirepublicanismo.
Desde 1776 hasta hoy, la república norteamericana ha enfrentado muchas pruebas existenciales. La esclavitud —que constituyó esa gran contradicción con los ideales de la Declaración— solo se resolvió tras una guerra civil que costó más de 600.000 vidas. Las enmiendas 13, 14 y 15 abolieron la esclavitud, otorgaron ciudadanía y derecho al voto a los afroamericanos. El Movimiento por los Derechos Civiles de los años 60 amplió esos derechos. El país superó depresiones, dos guerras mundiales y crisis internas profundas, demostrando una resiliencia extraordinaria.
Estados Unidos se expandió de las 13 colonias originales a los 50 estados actuales, absorbió oleadas de inmigrantes y se convirtió en la mayor potencia económica, tecnológica y militar del mundo. La Constitución ha sido enmendada 27 veces, pero su estructura básica —separación de poderes, federalismo, checks and balances— ha resistido. Sin embargo, el mantenimiento de la república nunca ha sido sencillo. Cada generación ha tenido que responder a la advertencia de Franklin, porque las instituciones por sí solas no bastan: necesitan ciudadanos comprometidos.
En vísperas del 250 aniversario el próximo 4 de julio, la polarización política es profunda. La confianza en las instituciones ha caído a niveles preocupantes. Las redes sociales han transformado las “asociaciones voluntarias” que tanto admiraba Tocqueville en cámaras de eco que amplifican la división y el resentimiento. La desigualdad económica pone a prueba el ideal de igualdad de oportunidades. El individualismo extremo debilita la vida comunitaria.
Al mismo tiempo, el gobierno federal ha crecido de manera notable, generando lo que Tocqueville llamaría un “despotismo suave”: un Estado que, buscando proteger y regular cada aspecto de la vida, puede terminar reduciendo la iniciativa ciudadana y la responsabilidad personal.
Esta autocrítica resuena con fuerza en la ficción contemporánea y hace carne con la advertencia de Franklin. En la exitosa serie televisiva “The Newsroom”, el personaje de Will McAvoy (Jeff Daniels) responde así a la pregunta de por qué Estados Unidos es el mejor país del mundo: “No es el mejor país del mundo. Ya no. Solíamos serlo. Cuando éramos el mejor país del mundo, la gente lo sabía y lo respetaba.
Éramos el mejor país del mundo porque éramos capaces de reconocer que teníamos problemas y de hacer algo al respecto. Éramos el primer país en poner un hombre en la luna.
El primer paso para resolver cualquier problema es reconocer que existe. América ya no es el mejor país del mundo.”
Estas palabras, duras pero honestas, hacen eco del consejo de Franklin de ser cuidadores celosos de la salud de la república. Porque la grandeza de una nación no es un patrimonio permanente, sino una construcción que debe renovarse en cada generación..
Ninguna república se sostiene por inercia: exige vigilancia, instituciones sólidas, debate civilizado y la disposición a corregir el rumbo cuando es necesario. Concepto válido no solo para Estados Unidos sino para otras repúblicas democráticas.