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El futuro de Uruguay y la urgencia de recuperar el tiempo perdido
Ricardo Peirano, 23 de julio de 2026

En estos tiempos de incertidumbre hacia dónde va Uruguay, con una economía anémica, una creciente inseguridad pública y un gobierno descolorido, es bueno escuchar a los reales “hacedores”.
Martín Guerra es uno de ellos. Es un emprendedor nato, fundador de Pronto! y actual director de InCapital —una compañía de inversión privada con perfil emprendedor e innovador—, que tiene un desvelo claro: el futuro de Uruguay y su capacidad de crecer de forma sostenida.
Es un desvelo que es compartido por mucha gente del ámbito político y del empresarial. Es, además de desvelo, una urgencia clara. Sin crecimiento sostenido (y Uruguay no lo ha tenido en la última década y parece que solo suele tenerlo cuando las circunstancias externas son muy favorables como en el periodo 2005-2015) no hay mejora posible del nivel de vida de la población.
En una entrevista con el economista Javier de Haedo para el podcast Nominal del Observatorio de la Coyuntura Económica de la Universidad Católica del Uruguay, Martin Guerra trazó un diagnóstico lúcido, sin anestesia, pero cargado de optimismo constructivo.
Guerra reconoce las fortalezas institucionales del país, pero advierte que el ritmo de transformación global exige una capacidad de reforma mucho mayor de la que Uruguay ha demostrado hasta ahora. Y fue contundente: “No veo ningún político, de ningún partido, que tenga realmente una tesis de crecimiento para el Uruguay de los próximos 15 o 20 años”. Esa ausencia de una visión de largo plazo es, para él, uno de los problemas estructurales más graves.
El contraste con lo que ocurre fuera es brutal. Mientras el mundo avanza a velocidad exponencial en tecnología, inteligencia artificial, robótica y nuevos modelos de negocio, la agenda uruguaya parece desconectada. Guerra lo define con una frase muy clara: “hay una desconexión sideral”.
La economía funciona de forma relativamente armónica en el corto plazo, pero varios indicadores (especialmente sociales) muestran señales difíciles de sostener en el mediano y largo plazo. Uruguay siempre termina resolviendo sus problemas dice Guerra—esa es su convicción optimista por naturaleza—, pero “veo una pendiente muy empinada por delante”.
El verdadero desafío es construir una estrategia nacional de desarrollo que no dependa de los ciclos electorales y que no termine con el lógico pase de cuentas que estamos viendo en la presentación de la actual Rendición de Cuentas donde el partido en el gobierno pide a la oposición que no haga lo que el hizo 5 años atrás: negarse por completo a aprobar al Rendición en general.
Con estas discusiones y pase de facturas quinquenales, y sin un rumbo compartido que mire más allá de los cinco años de un gobierno, el país corre el riesgo de seguir reaccionando tarde a los cambios globales.
Esa falta de visión de largo plazo es, precisamente, lo que explica en gran medida el “tiempo perdido”. Mientras otros países diseñan políticas industriales, educativas y tecnológicas con horizonte de décadas, Uruguay sigue debatiendo temas que en el mundo ya se superaron o se transformaron radicalmente.
Guerra reconoce que es difícil anticipar cuáles serán las profesiones más demandadas, pero está convencido de que la formación seguirá siendo indispensable.
Por eso, las universidades enfrentan uno de los mayores desafíos de su historia: “La brecha entre lo que enseñan y lo que está ocurriendo en el mundo ya era importante; ahora es muchísimo mayor”.
El mundo del trabajo también se transformará profundamente. Guerra anticipa un mundo con empresas más pequeñas, altamente especializadas y apoyadas en agentes de inteligencia artificial capaces de ejecutar tareas complejas. “Va a haber muchas más empresas, pero con muchas menos personas”, pronostica.
Ojalá que esta visión coincida con la del CEO de Nvidia, Jensen Huang, que no ve un apocalipsis laboral sino una transformación productiva. El jefe de Nvidia, la mayor empresa del mundo por capitalización de mercado, es ampliamente optimista en que la IA ayudará a mejor la productividad sin destruir puestos de trabajo.
Esa realidad que se ve en el mundo obliga a repensar todo: desde la seguridad social hasta los sistemas educativos y las políticas de empleo pasando por los regímenes fiscales para que la gran riqueza que genera la IA derrame a muchas personas.
Las reflexiones de Martín Guerra no son solo un diagnóstico; contienen semillas de soluciones concretas que se pueden resumir de la siguiente manera.
Primero, construir una estrategia nacional de crecimiento con horizonte de 15-20 años, consensuada entre los principales actores políticos, empresariales, sindicales y académicos. Sin esto, cualquier esfuerzo queda fragmentado.
Segundo, acelerar las reformas estructurales que mejoren la competitividad real del país (tema que hasta ahora ha resultado difícil hasta para comprar lanchas patrulleras). No alcanza con iniciativas aisladas; se necesita un paquete coherente y sostenido.
Tercero, transformar radicalmente la educación. Cerrar la brecha entre lo que se enseña y lo que el mundo demanda ya no es una opción: es una emergencia. Las universidades deben liderar esta adaptación, incorporando IA, robótica y pensamiento computacional de forma transversal.
Cuarto, apostar fuerte por las tecnologías transformadoras. Uruguay tiene talento y estabilidad para convertirse en un actor relevante en inteligencia artificial aplicada, robótica y, eventualmente, en sectores vinculados al espacio. Pero para eso hay que invertir en investigación, formación y ecosistemas de innovación.
Quinto, fomentar un ecosistema de empresas más pequeñas y especializadas, apoyadas por inteligencia artificial, que permitan generar más emprendimientos y empleo de calidad, aunque con estructuras más livianas.
Martín Guerra se define como optimista por naturaleza. Cree que Uruguay tiene la capacidad de resolver sus problemas. Pero también es claro: el tiempo no es infinito y la pendiente se vuelve cada vez más empinada.
Recuperar el tiempo perdido no significa volver al pasado. Significa acelerar el paso ahora, con una visión clara de hacia dónde vamos, con inclusión real de quienes hoy quedan afuera del sistema y con una educación y un tejido productivo preparados para un mundo dominado por la inteligencia artificial.
El mensaje final que nos pasa Guerra es una invitación —casi un llamado— a dejar de lado la inercia. Uruguay puede hacerlo. Tiene las instituciones, tiene el talento y tiene la historia de resolver problemas cuando se lo propone. Lo que necesita, con urgencia, es una tesis clara de crecimiento para las próximas dos décadas y la decisión política y social de ejecutarla sin demoras.
El futuro no espera. Y el tiempo perdido solo se recupera actuando con decisión y visión de largo plazo.
¿Seremos capaces de pensar en grande y a largo plazo para poner en práctica estas ideas o seguiremos el ejemplo de nuestra selección del futbol que sigue viviendo del esplendor del pasado?
No queda mucho margen para seguir tirando la pelota fuera de la cancha, hacer tiempo y esperando un milagro en el último minuto.