Un espejismo costoso

Ricardo Peirano, 21 de agosto de 2026

El preacuerdo del Sunca con las cámaras de la construcción, cerrado el 4 de agosto de 2026, se ha presentado como un gran avance: la jornada bajará de 44 a 40 horas semanales de forma progresiva hasta 2030, a razón de una hora por año desde 2027, sin pérdida de salario. 

Se celebra como un hito histórico. Y se propone como ejemplo para otras actividades y sectores de la economía. Conviene mirarlo con más rigor y menos euforia. Reducir la jornada sin aumento de productividad es un costoso espejismo.

Nuevamente los sindicatos se adelantan al gobierno. Como pasó con la seguridad social, el PIT-CNT presiona más rápido y más allá de lo que propone el gobierno. Y además ayudado por el hecho de que el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS) apoya esta y cualquiera de la iniciativas que ayuden a la agenda ministerial, que no es necesariamente la del gobierno.

Ante la presión del MTSS y de los sindicatos para reducir la jornada laboral, el gobierno decidió hacerlo a través del diálogo social. Eligió el Consejo Superior Tripartito y la negociación colectiva sectorial en lugar de una ley general. Pero antes de que el diálogo se iniciara  el Sunca, con una reconocida capacidad de movilización y de distorsión en las obras en construcción, logró el acuerdo. La patronal  logró paz por cinco años, después de meses de paros sorpresivos y distorsionantes del proceso productivo.

Dejar la reducción de la jornada laboral -punto muy delicado si los hay en el actual panorama económico donde se necesita urgentemente estimular la inversión privada- a la fuerza de cada sindicato no es una política pública seria.

Si se propaga, no deberíamos sorprendernos de que la inversión se retraiga o siga en los bajos niveles actuales. Y eso no ayudará a salir del bajo crecimiento que hemos tenido en la última década.

Además, el acuerdo en el sector de la construcción revela una condición especial y una asimetría clara. La condición especial es que el sector de la construcción es no transable: no hay competencia con el exterior y puedo trasladar los mayores costos a precios con relativa facilidad, sobre todo si el comprador es el estado.

La asimetría de este acuerdo (como muchos que se celebran en los Consejos de Salarios) es que las grandes constructoras pueden absorber una hora menos por año con relativa facilidad. Tienen márgenes, capacidad de reorganizar turnos, invertir en tecnología y trasladar costos a las obras. Las pymes de la construcción, en cambio, enfrentan otra realidad. Subir el costo horario sin una mejora concreta de productividad las empuja a menos contrataciones, más informalidad o mayor presión sobre los trabajadores que quedan. Celebrar el “avance” sin reconocer que beneficia a los grandes y complica a los chicos es, como mínimo, injusto.

Hay un punto de fondo que casi nadie discute con seriedad: no se puede reducir de manera la jornada laboral sin mejorar la productividad. Si se trabaja menos horas y se produce lo mismo o menos, el costo por unidad sube. Eso erosiona la competitividad, especialmente en un país pequeño y abierto como Uruguay.

La evidencia internacional es clara: cuando la reducción de horas se acompaña de ganancias reales de productividad (mejor organización del trabajo, tecnología, capacitación), los impactos negativos se mitigan. Cuando no ocurre, los costos se trasladan a los precios, al empleo o a los márgenes de las empresas más frágiles, que suelen ser las más pequeñas.

El preacuerdo del Sunca no garantiza esa mejora de productividad. Asume que se puede trabajar menos cobrando lo mismo (y aún más porque el acuerdo reconoce aumentos de salario real en el quinquenio) y que el sistema lo absorberá. Es una apuesta muy riesgosa.

Hace casi un siglo, en 1930, John Maynard Keynes escribió el ensayo “Economic Possibilities for our Grandchildren”. Allí vaticinó que, gracias al avance tecnológico y a la acumulación de capital, hacia 2030 la jornada semanal podría reducirse a 15 horas. “Tres horas al día son suficientes para satisfacer al viejo Adán en la mayoría de nosotros”, escribió.

Elon Musk, en su visión paradisíaca del futuro de la humanidad con la IA y los robots  va más lejos y sostiene que en 10 o 20 años el trabajo será “opcional”. Aunque para lograrlo habría que crecer cerca del 10% anual.

Ambas visiones parten de un supuesto ineludible: la productividad tiene que subir mucho para que sea posible trabajar menos sin empobrecerse. Eso es lo que dice Jensen Huang, CEO de Nvidia, al pronosticar que el PBI mundial podría triplicarse en pocos años.

En Uruguay estamos lejos de ese escenario. Más bien, estamos muy lejos y no sentimos urgencia por conseguir esas mejoras de productividad. Avanzar a trompicones, sector por sector, sin un salto de productividad y sin un marco general, no acerca ese futuro. Solo redistribuye costos y beneficios según quién tenga más fuerza para negociar. La vieja lucha que le encanta el Partido Comunista: luchar por el reparto de la torta en lugar de bregar para que la torta sea más grande.

La reducción de la jornada laboral puede ser deseable. Mejora la calidad de vida y, en determinadas condiciones, puede elevar la productividad horaria. Pero convertirla en bandera política y sindical sin atarla a la productividad es un grave error.

El gobierno apostó al camino del diálogo social -que tampoco garantiza llegar a buen puerto como se vio recientemente por la sugerencias sobre varios temas de seguridad social- pero se ha visto desbordado por la negociación sectorial impulsada por los sindicatos más fuertes. Ayer fue la construcción. Hoy se está anunciando lo mismo en el puerto de Montevideo, lugar clave que domina el sindicato a su gusto y placer. Y pronto serán otros sindicatos fuertes lo que lo planteen y consigan. 

Vamos por mal camino. Pero si realmente queremos trabajar menos en el futuro, el debate tiene que empezar por cómo producir más y mejor ahora. Sin eso, la reducción de horas es solo un traslado de costos. Y los costos, como siempre, terminan pagándolos los más débiles. Ya sean empresas más pequeñas, trabajadores flexibles y el consumidor.

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Opinión:

Comments (5)

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