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La IA a fuego lento
Gabriel Pastor, 29 de setiembre de 2026

En estos días, diversos analistas han señalado que hubo pocos avances concretos en la cumbre entre China y Estados Unidos celebrada en Washington la semana pasada. En particular, no hubo grandes definiciones sobre cómo debería gobernarse el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), una tecnología que está transformando la economía, la seguridad y la relación de fuerzas en el mundo.
Respeto esa mirada, pero no coincido con ella. Medir una cumbre únicamente por los acuerdos que produce supone mirar la diplomacia con demasiada inmediatez. En las relaciones internacionales, muchas veces lo más importante no es lo que se firma ese día, sino la posibilidad de abrir un canal de diálogo, bajar las tensiones y sentar las bases para lo que viene después. Y esto es, a mi juicio, precisamente lo que ocurrió en el histórico diálogo entre Trump y Xi.
En este caso hay, además, una dificultad adicional: Estados Unidos y China no llegan a la conversación sobre IA desde posiciones parecidas. No están hablando solamente de una tecnología, sino también de dos maneras diferentes de desarrollar esa tecnología, de relacionar al Estado con las empresas y, en definitiva, de quién tendrá capacidad para influir sobre una herramienta que será cada vez más importante.
Las diferencias aparecen incluso en una cuestión que, a primera vista, parece técnica: los modelos cerrados y los modelos abiertos.
El modelo cerrado es el que ha caracterizado buena parte de la revolución de la IA estadounidense. Las grandes compañías privadas invierten enormes cantidades de dinero para entrenar modelos cada vez más potentes y tienen un incentivo evidente para protegerlos. Cuanto más difícil sea replicarlos, mayor será su ventaja frente a los competidores.
Esto ha contribuido a crear una industria en la que unas pocas empresas concentran buena parte de los modelos más avanzados y la infraestructura necesaria para desarrollarlos. La libertad de empresa, por sí sola, no significa necesariamente apertura tecnológica.
China presenta una combinación diferente. El Estado tiene una intervención mucho mayor en la orientación estratégica de la tecnología, la regulación de los contenidos y el manejo de los datos, pero esto convive con empresas que ofrecen modelos que terceros pueden descargar, utilizar y adaptar.
DeepSeek es un buen ejemplo. Sus modelos pueden descargarse y utilizarse localmente, y terceros pueden adaptarlos a sus propias necesidades.
Para una empresa, mantener un modelo cerrado significa proteger su propiedad intelectual y su negocio. Para un Estado, en cambio, que una tecnología se extienda por el mundo puede tener también un valor estratégico. Cuanto más se utiliza una tecnología, mayor puede ser la influencia del ecosistema que se construye alrededor de ella.
La IA de Estados Unidos y China expresa, por eso, dos formas diferentes de generar poder tecnológico. Los modelos cerrados pueden crear una dependencia directa del proveedor: quien controla el modelo controla también las condiciones de acceso, actualización y uso.
Los modelos abiertos, en cambio, reducen esa dependencia de una empresa concreta, pero pueden favorecer la expansión de un ecosistema tecnológico determinado. Si los modelos chinos alcanzan una adopción global importante, esa expansión podría convertirse también en una fuente de influencia para China.
Por eso, la disputa entre Washington y Beijing no se reduce únicamente a una carrera por producir “la mejor IA”. También es una disputa por definir qué tecnología y qué modelo de desarrollo tendrán mayor influencia en el mundo.
Estados Unidos cuenta con algunas de las empresas privadas más poderosas de la industria y con modelos cerrados de enorme capacidad. China combina empresas tecnológicas competitivas con una política industrial en la que la autonomía tecnológica ocupa un lugar central y donde la difusión de modelos abiertos puede desempeñar un papel importante.
En ese contexto, esperar de una primera conversación entre Washington y Beijing un acuerdo amplio sobre cómo gobernar la IA supone desconocer la profundidad de las diferencias que existen entre ambos países. No estamos ante una negociación técnica en la que simplemente haya que encontrar una fórmula aceptable para las dos partes. Hay mucho más en juego.
En diplomacia, que un problema llegue a la mesa ya es un resultado. Primero se reconoce el problema, se identifican los intereses de cada parte, se abren canales de comunicación, se buscan puntos de coincidencia y se delimitan las diferencias. Recién después aparecen los acuerdos, cuando las condiciones lo permiten.
Que Washington y Beijing hablen sobre IA no significa que estén cerca de un acuerdo. Tampoco significa que hayan resuelto sus diferencias.
Significa incorporar a la conversación bilateral una tecnología que, precisamente por su importancia, podría convertirse en uno de los grandes escenarios de competencia de las próximas décadas.
La negociación nuclear entre Estados Unidos y la ex URSS también llevó décadas: reducir los riesgos estratégicos sin renunciar a los intereses de cada potencia exigió tiempo, diálogo y sucesivos acuerdos.
Es que las grandes decisiones suelen cocinarse a fuego lento.