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Flavio, más allá de Bolsonaro
Ricardo Peirano, 16 de octubre de 2026

Para sorpresa de propios y extraños, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, actualmente en prisión domiciliaria e inhabilitado electoralmente, derrotó a Luiz Inácio Lula da Silva en la primera vuelta, celebrada el pasado 3 de octubre. Todo se definirá ahora el domingo 25 de octubre, pero los vientos que hasta hace poco soplaban a favor de Lula parecen haber cambiado de dirección y favorecen ahora a Bolsonaro hijo, que se encamina así a convertirse en el próximo presidente de Brasil.
Entre los sorprendidos se encuentran una buena cantidad de encuestadoras que daban a Lula como ganador de la primera vuelta. Y también, en nuestro país, las autoridades del gobierno y del Frente Amplio, que esperaban una victoria de Lula y solo miraban si conseguía cuatro puntos de ventaja para llegar con mayor comodidad al balotaje. Ahora, en cambio, empiezan a mirar cómo podría ser un eventual gabinete de Bolsonaro y qué implicaría para Uruguay un escenario regional completamente diferente. También deberán trabajar para recomponer las relaciones con Brasil, que hasta ahora se habían apoyado, en buena medida, en la relación histórica entre Lula y el Frente Amplio y, más concretamente, en el vínculo especialmente cercano entre Lula y Mujica.
El propio Lula había asegurado que ganaría en primera vuelta. Ahora es posible que el 1.º de enero —la curiosa fecha que los brasileños han fijado para el cambio de mando— tenga que volver a su casa y dar por concluida una enorme carrera política que lo llevó tres veces a la Presidencia. Quizá su figura ya genere cierto hartazgo en una parte del electorado. Y con ello podría estar agotándose también la capacidad de Lula para promover una nueva generación de dirigentes del poderoso Partido de los Trabajadores (PT). Ese proceso ya había sufrido un duro golpe cuando su sucesora, Dilma Rousseff, fue sometida a juicio político y reemplazada por Michel Temer. Puede ser, entonces, la hora de la renovación en el PT, aunque por ahora no se vislumbra un sucesor capaz de ocupar el lugar que deja el carismático líder.
Entre los propios sorprendidos parece estar Donald Trump, quien, si bien recibió a Bolsonaro hace pocas semanas en Washington, esta vez no se expresó con la contundencia que suele caracterizarlo cuando interviene en una elección en la que participa un “amigo” suyo. Con una prudencia poco habitual en él, Trump calificó el resultado de “una gran victoria”, aunque “ajustada”, y agregó: “Increíble, en realidad”. También dijo que espera una segunda vuelta “muy reñida” o “muy apretada”.
Entre los propios, si bien Bolsonaro decía públicamente que confiaba en ganar en primera vuelta, en privado esperaba una batalla mucho más reñida de la que anticipaban las encuestas, que lo ubicaban sistemáticamente detrás de Lula.
El resultado tiene, además, un componente que todavía resulta difícil de explicar: la transferencia del caudal electoral de Bolsonaro padre, hoy en prisión, hacia su hijo Flávio. Una primera lectura sugiere que una parte importante de la sociedad brasileña está expresando su malestar con un gobierno al que considera incapaz de resolver sus problemas y de encarar las reformas económicas que el país necesita: equilibrar las cuentas fiscales, reducir la tasa de interés, contener el elevado nivel de endeudamiento público y avanzar en una mayor apertura de la economía.
Si Brasil confirma en el balotaje el giro que anticipó la primera vuelta, se sumaría a la ola de gobiernos de derecha que atraviesa Sudamérica. De ese mapa quedarían fuera Venezuela, Uruguay y Guyana
Pero tampoco conviene hacer una lectura demasiado sesgada de estos resultados. Desde 2018, en las elecciones presidenciales de los países sudamericanos, el oficialismo ha sido derrotado sistemáticamente, con las excepciones de Paraguay, donde el Partido Colorado retuvo el gobierno en 2018 y 2023, y Ecuador, donde Daniel Noboa fue reelegido en 2025. Y esto les ha ocurrido tanto a gobiernos de derecha como de izquierda. Más que una ola ideológica en una dirección determinada, podría estar operando una tendencia mucho más persistente: el voto de castigo a los gobiernos de turno.
Lo notable de esta elección brasileña es que Bolsonaro hijo obtuvo más votos que Bolsonaro padre en la primera vuelta: 56.104.503 frente a los 51.072.345 que había conseguido Jair Bolsonaro. Lula, en cambio, pasó de 57.259.504 votos a 53.879.536, una pérdida de 3.379.968 votos. Ese desplazamiento del electorado tuvo además una consecuencia política relevante: Bolsonaro logró una importante bancada propia en el Senado que, con el respaldo de partidos cercanos, podría alcanzar el 60% de los escaños. Una mayoría cómoda para Bolsonaro si finalmente llega a la Presidencia y, en sentido contrario, una dificultad considerable para gobernar si Lula logra retenerla.
Un escenario con Flávio Bolsonaro en la Presidencia, con firmeza en la conducción económica —como la que tuvo su padre con Paulo Guedes— pero sin las formas bruscas y poco institucionales que caracterizaron al exmandatario, podría tener consecuencias positivas para Brasil. La combinación de continuidad en la orientación económica y un estilo político más institucional podría, al menos en principio, ampliar los márgenes para construir acuerdos y darle mayor previsibilidad al gobierno.
Brasil podría asumir un liderazgo regional en las reformas promercado y de apertura económica que, con distintos ritmos y matices, ya están en marcha en América del Sur. También podría convertirse en una fuerza decisiva frente al avance del narcotráfico y, sobre todo, utilizar su peso económico y político para impulsar una transformación del Mercosur que lo convierta, al menos, en una verdadera zona de libre comercio.
Tendría también una influencia regional importante para Estados Unidos aunque no hay que esperar que Brasil se desentienda de China como socio comercial. En eso, los brasileros de ambos partidos son muy pragmáticos. Brasil está primero y luego vienen los demás. Es el destino imperial.
Y, por último, tendría efecto en las relaciones con Uruguay, cuyo gobierno se jugó en forma precipitada por la continuidad de Lula, olvidando el tradicional principio de nuestra política exterior de no inmiscuirse en los asuntos internos de otros países. Eso ocurre cuando la ideología prima sobre el pragmatismo. Es una pena pero el daño ya está hecho. Ahora hay que buscar contenerlo y minimizarlo.
Lo que sí sería importante es que, si se confirma la victoria de Flávio Bolsonaro, sea una versión distinta de su padre. Cuidadoso de las reformas económicas sí pero respetuoso de la institucionalidad política.