Los monstruos del Tren Fantasma

Nelson Fernández, 6 de marzo de 2026

Al subir al carrito del Tren Fantasma, el terror comienza de inmediato, porque asoma el monstruo de las garras largas que se tira encima, y sin dar tiempo aparece la momia que demuestra que pasan los años pero sigue viva; luego la bruja que saca una mordida, el pirata que roba sin que uno lo sienta, el Frankenstein (que es una agencia de agencias), el que sale de un ataúd y pone los sellos sobre expedientes, el Drácula que chupa la sangre, el cavernario tuerto que obliga a frenar .. y así.

El Tren Fantasma del Parque Rodó, con las calaveras ondulantes en su fachada, no está más frente a la avenida, pero vive y lucha en la maraña burocrática del Estado uruguayo.

Ese aparato burocrático demuestra que soporta el paso de décadas y sigue firme, abusando de una posición de poder, independiente de la alternancia de partidos políticos en el gobierno.

Están ahí, parece que no, pero están ahí.

Obstaculizan, enlentecen, demoran, enredan, complican, desaniman, desestimulan, frenan, provocan angustia y bronca; y siempre ganan.

¡Pobres los que se metan con los bolsones de burocracia estatal!: al tomar la iniciativa de vulnerarla e intentar desarticularla, ya están perdiendo.

Cuando volvió la democracia en 1985, el presidente Julio María Sanguinetti intentó, luego de consolidar la transición con leyes que restablecieran condiciones perdidas en la dictadura, impulsar una “Reforma del Estado”. La Oficina Nacional del Servicio Civil, que dirigía Ruben Correa  Freitas, impulsó un foro sobre “Gestión del Estado y Desburocratización”, que se realizó el 20 y el 22 de julio de 1988, con especialistas europeos, norteamericanos y latinoamericanos, así como importantes dirigentes políticos locales.

En aquel primer gobierno de la democracia, los monstruos del Tren Fantasma mostraron sus uñas y se atornillaron al lado de las vías de los carritos: “Con nosotros, no”.

El siguiente presidente, Luis Lacalle de Herrera, había anunciado en su campaña electoral que daría una batalla contra ese tejido de telarañas que desestimula la inversión. Lacalle creó el Programa Nacional de Desburocratización (Pronade), pero ese plan, y otros similares, lograron algunas mejorar pero chocaron contra un muro,

Los cuadros gerenciales de entes (mal llamados “empresas públicas”) o de “alta administración” de ministerios y otros organismos, sonrieron contentos porque habían encontrado las vías para combatir con eficacia la desburocratización: “la burocracia vive y lucha”.

Los gobiernos siguientes hicieron intentos, más o menos ambiciosos, y fueron siempre derrotados por esa progenie arácnida del sector estatal.

Ahora, el gobierno de Yamandú Orsi promueve el plan del ministro Gabriel Oddone sobre “desempapelamiento” para desenredar la madeja estatal de regulaciones innecesarias y sellos en cámara lenta.

Cambian los nombres pero siempre son programas de desburocratización, y hasta ahora, siempre pierden contra los gerentes y directores.

El tren fantasma estatal no tiene inspiración ideológica sino un esencia interior común de autodefensa de privilegios tontos, de protección de una silla, del tiempo para poner un sello, de jugar a las escondidas con expedientes, de asegurar un cargo mediocre y un salario por encima de su valor en el mercado laboral.

Se trata de un regocijo por la nada, una pasión por la pausa larga, un enamoramiento de los feriados, una pasión por el trámite lento y un cariño extremo por el obstáculo.

No defienden una ideología, sino un status quo.

No les es suficiente con derribar una reforma mediante un referéndum, precisan combatir y derrotar cualquier cambio, por pequeño que sea.

Y si dejan pasar alguna modificación a las reglas, es para que eso les sirva para frenar el cambio.

La reforma del Estado lleva 40 años de intentos, de intentos fallidos, pero siempre aparece eso como “la madre de todas las reformas” en cada gobierno.

Mientras sigue la confrontación ríspida entre oficialismo y oposición por todo tipo de asuntos, sería saludable que los partidos encontraran una causa común en la lucha contra “el tren fantasma”. Ese trencito espanta inversiones, desanima emprendedores, desgasta y arruina el entusiasmo, y genera espacio de críticas a “la casta”, que se vuelve crítica a la política. Y eso es muy malo.

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Opinión:

Comments (5)

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