Otra causa que no admite la menor demora

Ricardo Peirano, 27 de mayo de 2026

El lunes 18 el presidente Yamandu Orsi utilizó su discurso sobre un nuevo aniversario de la Batalla de Las Piedras para señalar que como consecuencia del famoso Dialogo Social su gobierno actuará en dos campos. Uno, el de tratar el "problema" que dejó la última reforma jubilatoria y que "afecta a una cantidad importante de compatriotas que no pueden continuar trabajando hasta los 65 años". Sobre otro problema, el de la pobreza infantil, señaló que se va a "destinar más recursos para combatir la pobreza infantil", dijo y aseguró que se mejorará la "cobertura y focalización", para darle a los menores "mejores herramientas" para "enfrentar un mundo cada vez más desafiante". Y para reforzar el énfasis que piensa dar a estas soluciones hizo uso de una frase de Artigas y dijo: "Podemos discutir años sobre el cómo resolver la mejor protección social. Prefiero actuar ya, porque los problemas de los más débiles no admiten la menor demora".

Son, sin duda, dos problema totalmente distintos. Lo único que los une es que se trataron en el Diálogo Social que llevó incluso al gobierno a aceptar modificaciones en el régimen de las AFAPs, de un modo aún no definido pero ciertamente no positivo.

Para los problemas de la pobreza infantil no hace falta convocar a un “diálogo social”. Hace falta gobernar. Es decir, enfrentar el problema de raíz. No hace falta mucho “diálogo social” más allá de consultar con expertos antes de formular políticas. Esto es lo que se hace en el Parlamento cada vez que se presenta un proyecto de legislación importante.

Pero en el fondo hace falta decisión. Más decisión y menos diagnóstico sobre un problema que está superdiagnosticado. Bienvenido el combate a la pobreza infantil que, en el fondo, es combatir la pobreza de muchas familias.

El tema de “la cantidad importante de compatriotas que no pueden continuar trabajando hasta los 65 años” no requiere diálogo social. Requiere un estudio de cuáles son esas profesiones que por el esfuerzo físico que requieren o el desgaste psicológico que producen durante su desempeño no permiten trabajar muchos más años.  Y una vez identificadas estas actividades laborales, crear un régimen de excepción. Algo que en realidad ya existe.

Pero sí hay que evitar que en esas excepciones se cuelen otras causales más centradas en el nivel de salario que en la profesión desarrollada. Porque eso tiene un costo que no es despreciable y porque es seguir negando una realidad comprobable a nivel mundial: vimos más años, con mejor calidad de vida y eso, nos guste o no, afecta a todo el sistema previsional. Como también lo afecta la disminución de la natalidad que ya está generando “inviernos demográficos” en muchos países. Entre ellos, el nuestro.

Luchar contra la demografía por razones ideológicas no es buena política. Es, más bien, algo suicida para las nuevas generaciones.

Hasta aquí lo que dijo Orsi. Hay. Sin embargo, un tercer problema que no “admite la menor demora”. Es el tema de la gente en situación de calle. Por ignorarlo y mirar para el costado durante años, se ha convertido en un problema muy serio. Un problema que tiene a la población preocupada porque lo ve y vive a diario. Sea cual sea el barrio donde viva.

Es muy aleccionador el artículo publicado por Tomer Urwics en El Observador del día lunes 18 de mayo. Se titula “El tajo en el alambrado: cómo la situación de calle empezó a agrietar la convivencia en Uruguay”. Y muestra como  una niña de tres años “que escapó por una rotura en un cerco escolar destapó una realidad silenciosa: plazas convertidas en campamentos, el aumento sostenido de denuncias vecinales y un fenómeno social complejo que desafía a las políticas públicas”.

Los ejemplos que cita Urwicz en su investigación son impactantes y muestran el enorme drama de los “homeless” y cómo van invadiendo diversas partes de la ciudad, empezando por Ciudad Vieja y el Centro pero extendiéndose a otros barrios más alejados.

Ante ese fenómeno, para el cual la actual Ley de Faltas se muestra impotente, la sociedad política se hace la desentendido y generalmente rivaliza, sin ningún dato comprobable, si hay más o menos gente en “situación de calle”.

El problema en Montevideo no es menor y afecta a unas 3000 personas que buscan refugio por día. Pero como rotan, el colectivo de los “homeless” es de aproximadamente 13000 personas. Cantidad que día a día se incrementa con la gente que es liberada de las cárceles (aproximadamente 30 personas por día). Según cuenta Urwicz en su artículo, “La situación de calle es el rostro de otros problemas: de la economía, la pobreza, la seguridad, la convivencia, las drogas, la salud mental y el quiebre de vínculos familiares. Por eso, y por la jerarquización política y mediática del tema que hace que esté en la agenda, poco a poco se va colocando como un problema identificado en sí mismo”, en palabras del sociólogo Sebastián Aguiar, del núcleo interdisciplinario sobre situación de calle de la Udelar.

Aguiar señala además que “Entre los más de las 13.000 personas distintas que pasaron por los refugios del Mides el último año, muchos de ellos son personas que transitan un rato la ciudad, lo mejor vestidos que pueden, con sus mochilitas y que no entran en ese imaginario”. Su mayor problema es “ruptura de lazos familiares”.

El aumento de la gente en situación de calle refleja, por tanto, cambios más profundos en la vida social. Durante mucho tiempo, la familia funcionó como un lugar de contención frente a crisis económicas, problemas personales o momentos de caída. Aún con conflictos y limitaciones, muchas personas podían apoyarse en algún vínculo familiar o comunitario para no quedar completamente solas. Hoy, en sociedades más fragmentadas e individualizadas, esas redes son más débiles o inestables. Separaciones, vínculos rotos, soledad, adicciones o trabajos precarios muchas veces se acumulan sin que exista una estructura capaz de sostener a quienes empiezan a caer. Por eso la situación de calle no es solo un problema de vivienda o de ingresos, sino también una señal del debilitamiento de los lazos sociales y de las formas tradicionales de contención.  

Este es un punto muy importante que muchas veces se soslaya. Más allá de las causas económicas de este fenómeno, está el deterioro de la familia con base de la sociedad. Esa familia que, según la Constitución en su artículo 40, “es la base de nuestra sociedad”, y de la cual “el estado velará por su estabilidad física y material, para la mejor formación de los hijos dentro de la sociedad”.

Parece una frase sacada de una novela antediluviana. El estado, en lugar de velar por la estabilidad familiar, la ha estado socavando con leyes de todo tipo. Hoy la familia es un concepto que solo queda registrado en una libreta de la oficina del Registro Civil. Y eso cuando los esposos pasan por ese trámite.

Solucionar el problema de los “homeless” es también una causa que no admite la menor demora. En un colectivo “muy vulnerable”. Requiere un enfoque multifacético, por supuesto, pero sobre todo requiere que se empiece ya porque su solución llevará años sino décadas. Y ante todo, hay que empezar por evitar que se siga expandiendo.

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Comments (5)

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