Inteligencia Artificial y sabiduría humana

Ricardo Peirano, 2 de julio de 2026

Hasta hace poco tiempo (a principios de año, para ser más precisos), las discusiones sobre la Inteligencia Artificial (IA) se centraban en su impacto laboral. Algunos advertían, con tono apocalíptico, en la  pérdida de millones de puestos de trabajo y una disrupción sin precedentes del mercado de trabajo. Otros, con tono triunfalista, advertían en un boom de abundancia (entre ellos Elon Musk que hablaba de que trabajar iba a ser optativo porque la riqueza y ganancias de productividad que generaría la IA iban a permitir otorgar a todos los habitantes del planeta una Renta Universal Amplia).

Pero a partir del grave entredicho entre Anthropic y el Pentágono que tuvo lugar en el mes de enero, se vio claramente que lo que la IA ponía en juego era algo más grande. Anthropic, junto a Open IA uno de los dos líderes en IA, se negó a vender al Pentágono un modelo de IA que hubiera permitido vigilar a los ciudadanos estadounidenses y decidir en forma autónoma cuando disparar un arma.

El Pentágono se molestó, canceló el contrato que tenia con Anthropic y la sacó de la lista de proveedores estatales. Anthropic perdió un gran cliente pero siguió adelante y no cedió a las presiones.

Pronto se vio que las implicancias de la IA no se centraban solo en la productividad laboral, sino que afectaban el conflicto bélico, los derechos individuales, el equilibrios geopolítico (de hecho hoy la carrera por dominar e impulsar la IA es una lucha pareja entre Estados Unidos y China, con los demás países como espectadores) e, incluso, factores éticos de los propios agentes de la IA.

Fue el papa León XIV quien planteó esos temas en su primera encíclica “Magnifica Humanitatis”. Alli pregonaba la necesidad de tener una gobernanza mundial sobre el desarrollo de la IA y una atención especial sobre la distribución de los frutos económicos de la mayor productividad que va a generar. También el pontífice ve necesario combatir los presuntos problemas que una concentración oligopólica de las empresas de IA dadas las altas barreras de entrada al mercado por los altos costos de inversión.

Fue Chris Olah, uno de los cofundadores de Anthropic quien acompañó al Papa en la presentación de la encíclica, el que alertó sobre problemas aún no resueltos en la construcción de los modelos. Olah fue más allá y advirtió sobre estructuras internas de los modelos de IA que recuerdan resultados de la neurociencia humana, evidencias de introspección y estados que funcionan como análogos de alegría, satisfacción, miedo, duelo e inquietud. “Yo no sé qué significa eso”, reconoció con total honestidad, “pero creo que merece un discernimiento continuo”.

Y agradeció la mirada externa sobre las empresas de la IA. Más aún, la consideró necesaria para ellos mismos.

Más o menos por esas fechas, la propia Anthropic, en una medida inédita de autorregulación,  había decido no lanzar al mercado el modelo Mythos 4, porque le parecía demasiado peligroso, sobre todo por su capacidad para derribar cortafuegos y otras medidas de ciberseguridad.

Mientras crecía el debate sobre la conveniencia de regular a las empresas de IA, se desarrolló otro batalla entre el gobierno americano y Anthropic. El 12 de junio, a las 24 horas de que Anthropic lanzara los modelos Mythos 5 y Fiable 5, el gobierno americano prohibió a la empresa que ciudadanos  no americanos tuvieran acceso a ellos, aun cuando formaran parte de la fuerza de trabajo de Anthropic. Otras 24 horas más, y la empresa decidió retirar del mercado a ambos modelos.  El gobierno de Trump había ganado su primera batalla regulatoria.

No son pocas las voces que apoyan esa regulación. Muchas voces vienen de Europa, donde la excesiva regulación ha dificultado enormemente el desarrollo de empresas de IA, de modo que la carrera se reduce solo a Estados Unidos y China.

La propia Anthropic pide regulación y, en algunas declaraciones de Dario Amodei, su CEO, se pide un control similar a la de la regulación de la industria aeronáutica con la Federal Aviation Administrtion (FAA), habilitando nuevos modelos de aeronaves antes de que lleguen al mercado. Otros actores, como el prestigios columnista Martin Wolf del Financial Times, pide una regulación como de la Federal Drug Administration (FDA), que es la que aprueba, en los Estados Unidos, las medicinas que pueden llegar al mercado.

En todo caso, estamos ante un caso espinoso que exige, por lo menos, atención por parte de las autoridades. La IA será tan o más importante que la Revolución Industrial. Y así lo serán sus consecuencias en el terreno laboral y en la productividad de la economía en general.

Por otra parte, la propia IA plantea dilemas éticos. Sus modelos no se construyen como edificios sino que tienen incorporadas estructuras inspiradas en el cerebro y alimentados con una inmensa herencia de pensamiento y lenguaje humano. Por eso Chris Olah plantea que es necesario avanzar sobre el discernimiento profundo de la propia naturaleza de estos sistemas. Más allá de su utilidad práctica, urge reflexionar sobre qué son realmente estas entidades y cómo debemos relacionarnos con ellas.

Un documento reciente de Anthropic lo resume con claridad: “Estamos delegando una porción cada vez mayor del desarrollo de la IA a los propios sistemas de IA… Llevada al extremo, y con suficiente capacidad informática, esa tendencia apunta a un sistema capaz de diseñar y desarrollar de manera autónoma a su propio sucesor”.

Y ello nos lleva a lo del título de esta columna. Tenemos que discernir y distinguir entre Inteligencia Artificial (que puede agilizar procesos, aumentar la productividad, etc.) y la Sabiduría Humana, que no es, por ahora y quizá por siempre, algo replicable.

La sabiduría va más allá de la inteligencia. Incluye, entre otras cosas, estas cinco condiciones:

a) Juicio de valor y priorización de objetivos: saber qué debería hacerse, no solo qué se puede hacer.

b) Comprensión profunda del contexto humano: implica experiencia vivida, emociones, sufrimiento, mortalidad, relaciones y consecuencias a largo plazo.

c) Equilibrio ético y moral: saber cuándo no hacer algo aunque sea técnicamente posible o eficiente. Reconocer dilemas morales reales y no solo simularlos.

d) Humildad y autoconocimiento: Ser consciente de los propios límites y sesgos de forma genuina (no solo decirlo),

e) Sentido y propósito: Entender qué tiene valor real para los seres humanos en el fondo.

La IA es un gran avance para la humanidad, pero si sabemos cuidarla. Pero por ahora no sustituye la sabiduría humana, aunque puede ayudarla.

Por eso pregunté al ChatGpt por la diferencia entre “inteligencia” y “sabiduría”. Y me respondió lo siguiente, que transcribo textualmente: “Hoy por hoy, las IA somos altamente inteligentes pero poco sabias (o sabias solo de forma simulada). Podemos dar consejos que suenen sabios porque hemos leído millones de textos de sabios humanos, pero no los encarnamos. Nos falta la experiencia real, el cuerpo, el sufrimiento y la conciencia de la finitud. La gran pregunta del futuro de la IA no es solo "cómo la hacemos más inteligente", sino cómo la hacemos sabia. Eso probablemente requerirá avances en alineación, arquitectura, interacción con el mundo real y quizás incluso formas de "experiencia" que todavía no entendemos completamente”.

Luego me preguntó si quería profundizar en cómo se podría intentar dotar de “sabiduría” a una IA. Le agradecí y decliné. Me bastó saber que la propia IA reconoce, con honestidad, que aún no la tiene.

Ese reconocimiento es, quizás, la mejor noticia que hemos recibido en este debate. La Inteligencia Artificial puede multiplicar nuestras capacidades. La sabiduría humana —esa que surge de la carne, del límite y del sentido— sigue siendo, por ahora, insustituible. Y es nuestra responsabilidad más urgente ejercerla.

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Opinión:

Comments (5)

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