El discurso del Papa

Ricardo Peirano, 26 de de junio de 2026

Hace un par de meses escribí un artículo para VOCES titulado “El discurso del rey”. Fue el que pronunció el rey Carlos III frente al Congreso de los Estados Unidos, en ocasión de su visita a ese país con motivo de los 250 años de la independencia norteamericana, precisamente de Gran Bretaña,

Fue un discurso sobrio y muy conceptual en cuanto a la defensa de los valores propios de una república. Valores de respeto de la persona, de la separación de poderes, del establecimiento de pesos y contrapesos para evitar autoritarismos, de la independencia de la justicia. Valores que no solían ser propios de las monarquías salvo cuando estas se volvieron constitucionales. El discurso, muy amenizado por referencias históricas, se vio como una delicada crítica a los excesos legales del presidente Trump en su lucha por imponer aranceles, restringir la inmigración sin seguir las normas del debido proceso, desconocer alianzas internacionales de larga data, burlarse de quienes disienten con sus políticas.

Ahora es el papa León XIV quien me invita a reflexionar con su discurso antes las Cortes Españolas. Es un discurso pronunciado en otro contexto -un viaje pastoral del Papa- pero que dio espacio para que el Pontífice pudiera explayarse ante los legisladores españoles sobre temas similares: la ley justa, la defensa de la dignidad de la persona, el orden internacional.

Otros viajes similares de antecesores de León XIV no habían tenido esta posibilidad. Y hay que reconocer que la pieza oratoria tuvo un contenido muy profundo sobre la tarea del legislador a la hora de emitir leyes. “Toda tarea legislativa, dijo León XIV, acaba encontrándose con una pregunta decisiva. ¿Qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes?”

Las reflexiones del Papa no son solo aplicables a la España del año 2026, sino que tienen una validez universal. Con pequeños cambios sobre la referencia a la historia de España, los enormes aportes de la Escuela de Salamanca de la que nace el derecho internacional (ius gentium), podrían decirse ante cualquier parlamento.

Si se confirma la visita del Papa a Uruguay a fines de este año o principios del próximo, y si se mantiene la idea de invitar al Papa al Parlamento en su calidad de jefe de estado del Vaticano, de modo de no lesionar ninguna susceptibilidad de violación de la laicidad, será bueno leer el discurso completo del Papa porque sus referencias son muy útiles para nuestra realidad.

Por cierto León XIV fue muy claro en la separación del poder religioso y del poder estatal, pero también fue claro en señalar que “la fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones y tampoco puede ser relegada al silencio como si fuera irrelevante para la vida pública”.

Una de las ideas madre del discurso papal fue la necesidad de reconocer y respetar la dignidad de la persona humana. Algo que no parece estar muy moda en estos tiempos y quizá la causa de mucho de los problemas que enfrenta la humanidad: “Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento. Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo”.

Esa defensa de la dignidad inviolable de la persona es la base sobre la que se asiente el discurso papal. Y de ese principio se derivan varias conclusiones prácticas, aplicables en España y en el resto del mundo.

En efecto, dice el Papa: “En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deje en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”. Y luego explica con énfasis lo que está en juego aquí: “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional. Es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.

Es una definición muy importante y, lamentablemente, poco respetada en las legislaciones de las últimas décadas aunque sí está contemplada en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU en 1948. Queda claro que la defensa de la vida humana no es una cuestión de partido o de confesión religiosa, sino una meta de civilización. Una definición importante toda vez que nuestra tendencia es a juzgar las cosas con la perspectiva izquierda-derecha, conservador-progresista, o de partidos políticos, o de confesión religiosa versus espíritu laico.

Del principio de la dignidad inviolable de la persona humana, León XIV deriva varias consecuencias: la protección a los más vulnerables, la importancia de la familia como “realidad humana primera”, el valor de las instituciones educativas y la libertad de educación, la preocupación por los migrantes, la apelación al derecho internacional para solucionar controversias, el respeto por la pluralidad política. De esta última, me interesa rescatar la llamada papal a evitar la descalificación permanente del adversario. Un llamado muy útil y necesario en tiempos en que la intolerancia y el agravio personal han sustituido al diálogo político, basado en argumentos racionales. Hoy no se dialoga sino que se agrede verbalmente. Y el que piensa distinto no es un adversario sino un enemigo al que hay que destruir.

El Papa terminó su alocución con una invitación que es válida para cualquier parlamento. “Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada. La alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”. Buen consejo para todo legislador, que podría completarse con aquel consejo que dijo Don Quijote a su escudero Sancho Panza cuando éste iba a tomar el gobierno de la imaginaria “ínsula Barataria”: “Pocas pragmáticas (es decir, pocas leyes), Sancho, pero que sean buenas”. Muy oportuno para quienes tienen su fe en aprobar más y más leyes.

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Opinión:

Comments (5)

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