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El malestar de las democracias
Gabriel Pastor, 30 de julio de 2026

¿Qué tienen en común Donald Trump, Emmanuel Macron, Friedrich Merz, Pedro Sánchez o los gobiernos de Japón y Corea del Sur? A primera vista, no mucho. Cada uno enfrenta problemas distintos y gobierna sociedades con realidades muy diferentes.
Sin embargo, más allá de sus diferencias, todos enfrentan un mismo clima político: desgaste de los gobiernos y una ciudadanía cada vez más enojada. Es una de las cuestiones que analizamos en la edición de esta semana de PULSO Global, una publicación de CERES.
El malestar no es hoy patrimonio de un país ni de una ideología. Es un rasgo compartido por muchas democracias.
Las razones cambian según el caso. Trump paga el costo de guerras lejanas que muchos estadounidenses no quieren y de una economía que no logró transformar como prometió.
Alemania y Francia encuentran enormes dificultades para impulsar las reformas que necesitan. España crece, pero la polarización ha deteriorado la convivencia política y alimenta el avance de la extrema derecha.
Y el fenómeno tampoco termina en Occidente. Japón, Corea del Sur y Taiwán, durante mucho tiempo vistos como ejemplos de estabilidad y éxito económico, también viven un creciente descontento con sus gobiernos.
¿Qué está pasando?
Una explicación es que, detrás de todos estos casos, aparece una misma sensación: los gobiernos no logran dar respuestas.
En muchos países los ciudadanos perciben que el Estado gasta más, cobra más impuestos y acumula más deuda, pero no consigue resolver problemas que afectan la vida cotidiana. Conseguir una vivienda es más difícil, los ingresos rinden menos, la desigualdad preocupa y crece la sensación de haber perdido el control sobre el futuro. Incluso donde la economía funciona razonablemente bien, ese malestar persiste.
Pero el malestar no se explica solamente por la economía. Para Fareed Zakaria, analista de asuntos internacionales, hay un cambio más profundo en marcha: la revolución digital, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial están transformando la sociedad a una velocidad que la política no logra acompañar. Y cuando todo cambia tan rápido, también crecen la incertidumbre y la sensación de que el futuro es cada vez más difícil de controlar.
Nos hemos acostumbrado a la inmediatez. Pedimos un auto desde el celular y llega en minutos. Hacemos una consulta a una inteligencia artificial y obtenemos una respuesta casi instantánea.
Sin darnos cuenta, empezamos a esperar esa misma velocidad de los gobiernos.
Pero la democracia no funciona así. Necesita discutir, negociar, construir acuerdos, respetar controles y equilibrar intereses diferentes. Es un proceso más lento, justamente porque busca que las decisiones sean legítimas y no simplemente rápidas.
Tal vez esa sea una de las claves para entender el momento político que vivimos.
El verdadero desafío es demostrar que las democracias todavía pueden responder con eficacia a una sociedad que cambia cada vez más rápido, sin perder aquello que las hace valiosas.
Hay una reflexión de José Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, que ayuda a mirar este fenómeno desde otra perspectiva.
El filósofo español decía que las circunstancias no deciden por sí solas el destino de una sociedad. Los cambios plantean desafíos, pero lo decisivo es cómo una comunidad responde a ellos y qué tipo de ciudadanos predominan en ella.
La revolución digital explica buena parte de las transformaciones que estamos viviendo, pero no determina por sí sola el futuro de las democracias. También importa la manera en que las sociedades enfrentan esos cambios.
Ortega advertía sobre el riesgo de una sociedad en la que los individuos reclaman respuestas, pero no siempre están dispuestos a asumir la complejidad de los problemas colectivos.
No se trata de decir que nuestra época es igual a la que él describió, pero su pregunta conserva vigencia: ¿qué tipo de ciudadanos necesitan las democracias para enfrentar un mundo que cambia cada vez más rápido?
La tecnología seguirá avanzando y los gobiernos seguirán enfrentando nuevos desafíos. Pero el futuro de las democracias no dependerá solamente de las circunstancias. También dependerá de la calidad de sus liderazgos y de la capacidad de sus ciudadanos para comprender que las decisiones más importantes no siempre ofrecen respuestas inmediatas: requieren tiempo, diálogo y acuerdos.
En tiempos de incertidumbre, los liderazgos democráticos tienen una tarea adicional: explicar la complejidad de los problemas, construir confianza y evitar la tentación de ofrecer soluciones simples para desafíos que no lo son.
Y, por supuesto, esa responsabilidad no corresponde solamente a los gobiernos de turno. También alcanza a las oposiciones y al conjunto de los actores políticos.
La democracia necesita competencia y debate, pero también exige evitar la tentación de ofrecer respuestas fáciles o promesas imposibles solo para obtener votos. Los problemas que se postergan por conveniencia política no desaparecen, se acumulan, se agravan y tarde o temprano regresan como un boomerang contra quienes intentaron ignorarlos.