Milei, las formas y el fondo

Ricardo Peirano, 18 de setiembre de 2026

El miércoles 26 de agosto, relata una nota del diario La Nación, “En 40 minutos, delante de chicos de 4° y 5° año del secundario, el Presidente Milei dio un discurso cargado de retórica proselitista, en el que intentó establecer una conexión natural entre sus ideas económicas y políticas con la “ley de Dios”. Acusó a sus adversarios políticos de “sucios” y dijo que carecen de “estatura moral”. Incentivó a los estudiantes a que abucheen al periodismo, después de acusar a quienes lo ejercen de ladrones. Esbozó un manifiesto contra el marxismo, como si esa ideología fuera la que rivaliza contra su administración. Y se presentó como un líder que actúa siguiendo principios divinos. “Yo lo entendí y por eso gobierno como gobierno”, dijo, casi al final de su presentación.

Esa arenga proselitista inflamatoria en un liceo vuelve a poner en el centro de la opinión pública un tema recurrente: las formas con las cuales el presidente Javier Milei defiende sus ideas y sus políticas en todos los ámbitos. Una defensa que suele incluir copiosos (y a veces irreproducibles) insultos a sus adversarios políticos, la pretensión de poseer la “verdad revelada” que no admite matices ni discusión posible y la frecuente invocación a un presunto mandato divino para llevar a cabo su tarea.

Es verdad que aún no llegó a los niveles de Donald Trump que postea en redes sociales imágenes que lo convierten en un “dios” o imágenes donde con la vestimenta de un jugador de hockey sobre patines ataca con un palo de hockey a Marc Carney, primer ministro de Canadá, y lo hace trastabillar y caer de bruces en el hielo. Pero la tendencia es similar: el ataque permanente y brutal a un adversario, o ni siquiera adversario como el primer ministro de Canadá.

Algunas personas disculpan y justifican la agresividad de Milei aunque no la comparten. Sí comparten sus ideas de fondo -disciplina fiscal, orden macroeconómico, inflación baja, desregulación de la economía, apertura al mundo, Etc-, y ello los lleva a pasar por alto las formas en que las mismas se implementan.

Para esas personas, “el fondo” -es decir, políticas económicas sanas que en Argentina no se han aplicado por décadas o se han aplicado muy pocas veces- es lo importante; la manera en que se consigue ese fondo no parece importar. De ahí, que aplaudan las formas agresivas de Milei o no las condenen.

Quienes se preocupan por las formas de la convivencia social y política, parecen decir, son unos “republicanos ñoños”. Gente aferrada a las normas de la convivencia o a los  buenos modales pero que no tienen fuerza ni poder real.

En una columna publicada en La Nación el pasado 30 de agosto, el prestigioso periodista Joaquín Morales Solá (uno de los tantos periodistas atacados por Milei y sus huestes digitales) cita al reconocido politólogo italiano Norberto Bobbio: que sostenía que “la democracia se define principalmente por cómo se ejerce el poder”. Bobbio insistía en la importancia de las reglas y los procedimientos que hacen posible la democracia. De allí una idea que resume bien su pensamiento: “en democracia, las formas son el fondo”.

Lo que no parece tomar en cuenta Milei, más allá de sus fobias o de sus extravagancias, es que una economía prospera solo allí donde hay un marco institucional que establece la igualdad ante la ley, la separación de los poderes, la vigencia de los derechos de la persona, la independencia de la justicia, y la libertad de expresión entre otras cosas.

Hay que reconocer a Milei innumerables éxitos económicos como la reducción de la inflación de 211% anual al 30%, la reducción de la pobreza del 52% al 24%, el cierre de la mitad de los  ministerios, la eliminación de 20.000 regulaciones, el abatimiento del déficit fiscal, la reducción de la deuda pública a la mitad, la eliminación de controles de alquileres, controles de cambios y controles de importaciones, se modernizó la legislación laboral, la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central para evitar que acuda en ayuda del Tesoro Nacional.

Pero además de que la economía ha crecido de modo dispar y que el consumo no termina de despegar, faltan aún reformas para que Argentina vuelva a considerarse un país digno de recibir inversión de propios y extraños y que sea respetado por su seguridad jurídica y su solidez institucional.

Y las formas de Milei -el agravio y el insulto continuo, incluso con jefes de estado de otros países- no ayudan a esa necesaria consolidación. Obviamente que un cambio cultural de la magnitud que requiere Argentina no se construye de la noche a la mañana. Principio requieren las cosas, pero para que tengan buen final es preciso construir institucionalidad y consensos sobre la bondad de estas políticas. Solo así serán duraderas.

Vale la pena traer aquí al pensador irlandés Edmund Burke, autor de Reflexiones sobre la Revolución Francesa, un clásico análisis de los efectos de una revolución que, concebida para acabar con el poder absoluto del monarca, terminó desembocando en el Terror y, pocos años después, en el ascenso de Napoleón Bonaparte como Emperador, con más poderes que Luis XVI.

En ese sentido, resulta especialmente pertinente el elogio que Burke hace de la importancia de los modales. En su primera carta Sobre una paz basada en el regicidio, publicada en 1796, escribió: “Los modales son más importantes que las leyes. En gran medida, de ellos dependen las leyes. La ley nos afecta aquí y allá, de vez en cuando. Los modales son los que nos irritan o nos apaciguan, nos corrompen o nos purifican, nos exaltan o nos degradan, nos barbarizan o nos refinan, mediante una acción constante, regular y casi imperceptible, como el aire que respiramos. Dan forma y color a nuestras vidas. Según su calidad, ayudan a la moral, la fortalecen o la destruyen por completo”.

Es bueno tener presentes las reflexiones de Bobbio y de Burke, pensadores de dos épocas distintas y de dos paradigmas políticos diferentes. Pero ambos coinciden en algo: las formas importan tanto como el fondo. Más aún: en política, las formas son parte del fondo.

Pretender separar forma y fondo en la revolución mileísta es un error. Las formas no son un adorno del poder ni una cuestión de modales: son parte de aquello que el poder termina construyendo. Cuando las formas se vuelven agresivas, despectivas o arbitrarias, también el fondo corre el riesgo de degradarse.

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Opinión:

Comments (5)

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