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El poder de los medianos: la lección de Carney para Uruguay
Ricardo Peirano, Semanario Voces, 13 de febrero de 2026

El discurso de Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos 2026, sacudió la mesa de la geopolítica internacional (bastante removida después del primer año de Trump en su segunda presidencia). Habló con una franqueza, realismo y valor nada habituales en estos foros. Tanta fue su franqueza que hasta despertó las iras de Trump, quien trató despectivamente a Carney en su discurso pronunciado el día después en el mismo Davos.
Para Carney, el orden basado en reglas, que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial, ha terminado. Después del primer año de Trump queda claro que las grandes potencias usan y abusan de la integración económica como factores de presión no solo económica sino también política (aranceles a Brasil para liberar a Bolsonaro, aranceles a Canadá por criticar a Trump).
La OMC es una institución difunta y lo mismo los cientos de tratados de libre comercio que fueron borrados de un plumazo en el famosamente triste “Liberation Day” del 2 de abril pasado cuando Trump anuncia su loca aventura arancelaria.
Frente a eso, las naciones intermedias (ni gigantes ni enanas) tienen una sola opción realista dice Carney: dejar de fingir, fortalecer la casa propia y tejer alianzas variables según el tema. Uruguay, con su tamaño, su estabilidad democrática y su tradición de pragmatismo, está excepcionalmente bien posicionado para aplicar esa receta.
Uruguay ya está dando pasos en esa dirección, aunque a veces sin decirlo en voz alta y sin toda la ejecutividad que los tiempos reclaman. Pero al menos se procura mantener la buena relación comercial con Estados Unidos (nuestro principal socio si contamos las exportaciones de bienes y servicios), buscamos adherimos al Tratado Transpacífico y apoyamos que el Mercosur firme un TLC con la Unión Europea.
Eso es la “geometría variable pura” que propugna Carney: no se elige un solo “amigo grande” como hace Argentina, sino que se abre en todas las direcciones posibles. China es el principal destino de exportaciones de bienes, pero no el único. Como decíamos, Estados Unidos la supera si sumamos los servicios y la UE sigue siendo mercado de valor agregado y fuente de estándares altos.
Esa diversificación no es traición al multilateralismo de la OMC; es, más bien, realismo basado en valores, exactamente lo que Carney llamó “principled and pragmatic”. ¿Dónde podemos mejorar y profundizar la lección canadiense? Veamos algunos puntos que trató Carney en su discurso.
Nombrar la realidad sin complejos
Uruguay depende demasiado de commodities (carne, soja, celulosa). China compra el 30 % de nuestras exportaciones, pero nos compra materia prima. Carney dijo: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Para dejar de estar en el menú hay que subir en la cadena de valor: más inversión en procesamiento, biotecnología, software, hidrógeno verde, litio del mar. El gobierno habla de innovación. Pero hay que ponerle incentivos y reglas claras para que las empresas se animen a invertir en nuestro país. Y dejar de lado políticas nocivas como la propuesta de que las empresas tienen que avisar antes de cerrar o realizar despidos.
Fortalecer la casa
Canadá recortó impuestos internos, eliminó barreras interprovinciales y duplicó el gasto en defensa. Uruguay tiene que hacer lo propio: cerrar un insostenible déficit fiscal de manera creíble (sin recetar ajuste brutal, pero sin patear la lata hacia delante en espera de que “vengan inversiones y volvamos a crecer”), reducir el gasto público, bajar costos logísticos, abrir el mercado interno de verdad (no solo palabras), desregular en serio y modernizar la formación de capital humano y de nuestro sistema educativo.
Un país que tiene récord de exportaciones en 2025 pero crece al 2,4 % anual sabe que el viento de cola se terminó. Y no podemos esperar al viento de cola para movernos si es que queremos creer más del 1% anual promedio de la última década.
Geometría variable como doctrina
Con el Mercosur hay que trabajar pero también dejar de fingir. Nunca fue un “mercado común”. Apenas una zona de libre comercio imperfecta. Aprovechemos la nueva realidad geopolítica para negociar un nuevo acuerdo que deje de lado la ficción de ser un Mercado Común. Y, en vez de ello, caminar hacia una de libre comercio real. Lo cual también nos dará más flexibilidad.
Apostar a la Alianza del Pacífico o CPTPP para diversificar hacia Asia-Pacífico y relacionarnos con países que tienen pocas restricciones comerciales.
Coordinar con otras democracias medianas (Chile, Costa Rica, Nueva Zelanda, Singapur) para estándares comunes en IA, minerales críticos, comercio digital.
Y, por supuesto, mantener una política realista con Estados Unidos.
El capital moral como activo estratégico
Uruguay es uno de los pocos países de la región con 40 años de democracia ininterrumpida, Estado de derecho, prensa libre y bajo nivel de corrupción. Es la segunda democracia plena en América. Ese “capital moral” es moneda fuerte en un mundo donde las grandes potencias compiten por legitimidad. Podemos ofrecer mediación, estándares, confianza. Pero solo si somos creíbles: si defendemos los mismos principios con todos, no solo con los que nos caen bien.
Carney cerró su discurso diciendo: “La nostalgia no es una estrategia”. Uruguay nunca tuvo nostalgia del orden bipolar ni del unipolar pero sí de nuestras épocas doradas. Aquellos años en los que los vientos internacionales elevaban los precios de las materias primas y nos permitían un nivel de vida importante. Esos tiempos pasaron y la nostalgia no solo no es una estrategia: es un grave defecto.
Siempre jugamos de socio mediano y confiable: sin pretensiones excesivas pero con una gran credibilidad para países vecinos y más lejanos. Hoy esa tradición se llama exactamente como Carney la definió: realismo basado en valores. Si lo hacemos explícito, lo financiamos y lo coordinamos, Uruguay puede pasar de “pequeño país que sobrevive” a “mediana potencia que influye”. No porque seamos grandes, sino porque dejamos de fingir que el mundo es como quisiéramos y empezamos a actuar como es.
Si no estamos en la mesa, estamos en el menú. Mejor sentarnos con los cubiertos en la mano y la casa en orden. Pero esa estrategia exige mucho trabajo en común de los principales partidos y decisión política de ir a fondo. Y eso ha faltado a la cita hasta ahora más allá de ciertas políticas de estado.