Ortodoxia y bienestar

Ricardo Peirano, 27 de agosto de 2026

El discurso que el ex presidente Luis Lacalle Pou pronunció el pasado domingo 9 de agosto para celebrar los 190 años de la fundación del Partido Nacional fue una obra de arte. Primero, fue una gran vuelta a la política partidaria luego de meses de silencio. Como dicen muchos analistas, habló para todos y cada uno escuchó lo que quiso, y se sintió representado en diversos pasajes de la alocución.

Después, alentó a sus correligionarios a realizar una oposición fuerte pero lejos del habitual recurso al agravio. Algo que algunos pretenden hacer copiando la campaña desgastadora que realizó el Frente Amplio sobre el gobierno de Lacalle Pou y la Coalición Republica casi desde el primer día y con la pandemia encima. Una campaña a la cual muchos atribuyen el triunfo del FA en las elecciones de 2024 y que, por tanto, sectores de la actual oposición quieren imitar para ganar en 2029 y pagar con la misma moneda.

Con todo, esa oposición constante -con negación incluida a votar el Presupuesto y las 4 Rendiciones de Cuentas que ahora el partido del gobierno reclama a la oposición- ya jugó contra el FA. Generó demasiadas expectativas en que un cambio del gobierno bastaba para establecer un suerte de paraíso terrenal donde se podrían atender todas las demandas de la gente. Solo bastaba voluntad. Y ahora, las encuestas muestran el alarmante desencanto de la gente con el gobierno.

Lacalle Pou evitó entrar en el camino de oposición cerrada y agravio permanente. Apeló al lema grabado en el escudo del Partido Nacional “Somos idea” e insistió en la reivindicación de las mismas y en la construcción de puentes con otras colectividades partidarias para tejer acuerdos de largo plazo.

Dijo Lacalle Pou, “¿Alguien cree que uno puede unir en el gobierno si llegó dividiendo en una campaña electoral o en su vida política? Nadie. Por eso no hay que curar heridas, hay que no lastimar”
En épocas de polarización política mundial y regional, no es algo menor esta apelación al diálogo y a la búsqueda de consensos. Después de todo, nada duradero se construye aplastando al otro o refundando el país en cada cambio de gobierno.

Las fortalezas de Uruguay -su respeto a la legalidad, las garantías de la seguridad jurídica, la fortaleza institucional, etc.- se han construido añadiendo y no quitando. Las debilidades de Uruguay -su escaso apetito por el riesgo por el cambio y por el riesgo- son, en cambio, más difíciles de modificar como lo demuestra el bajo crecimiento de la última década y la falta de reformas estructurales. Y lo que faltan no son solo las reformas, sino también las ideas que están detrás de ellas. Por ejemplo, muy poco se hablaba en los programas de gobierno de la reforma de las empresas públicas y su gobernanza.

Lacalle Pou tomó el gobierno con una agenda moderadamente reformista. Al menos, ahorrar el primer año unos US$ 900 millones, algo así como el 1.5% del PIB. Y reducir el número de empleados públicos mediante la regla de 3x1 (rellenar solo 1 de cada 3 vacantes). Es cierto que a una semana de asumir, al gobierno le cayó una terrible pandemia. Pero el número de vínculos laborales en el estado a fines de 2024 era muy similar al de 2019 y el gasto público había crecido por lo menos un 5% en términos reales en lugar de reducirse.

Ahora Lacalle, después de reivindicar la idea de la “libertad” como centro del Partido Nacional, hace una salvedad. Una salvedad muy importante. Nos dice: “si hay algo que yo me he vuelto con el tiempo es cada vez menos ortodoxo, que no quiere decir que mis valores y principios los ande cambiando según conveniencia, pero en la práctica soy cada vez menos ortodoxo. Porque qué lindo ser ortodoxo y hablar de libertad cuando alguien no tiene laburo, no tiene casa, no tiene salud, no tiene trabajo y no puede criar a sus hijos. Entonces la libertad tiene que estar íntimamente vinculada a aquel concepto de que justicia es tratar desigual a los desiguales”.

Algunos analistas atribuyeron esta declaración a una estrategia para empezar a sembrar en el espacio socialdemócrata que han sabido cultivar el Partido Colorado y una parte no menor del Frente Amplio que llevó ideas y votantes de la vieja colectividad riverista.

Otros recuerdan que es algo que Lacalle ya había dicho a fines de su gobierno. Fue sobre principios de diciembre de 2024 cuando en un acto de premiación de exportadores dijo “Hasta me está gustando que me digan tibio, hoy el coraje está en el centro”

Pero esa frase tan contundente no deja de ser una expresión ambigua. ¿Qué es, en efecto, ser ortodoxo? Si ser “ortodoxo” es replicar las políticas y los gestos de un Javier Milei y de otros gobiernos de derecha que han surgido en la región, no cabe duda que Lacalle nunca aspiró -ni sería bueno que aspire- a ser esa versión en la República Oriental del Uruguay.

Pero si dejar de ser “ortodoxo” implica resignar la posibilidad de reformas estructurales en Uruguay -el tamaño del estado, el número excesivo de funcionarios públicos y sus privilegios, el mal funcionamiento de la educación pública, los monopolios públicos, la gestión cansina de las empresas estatales, un banco central independiente- estamos en un grave problema.

Porque Uruguay no precisa un Javier Milei pero si precisa alguien que haga las reformas que todos conocemos pero que nadie se anima a realizar. Nadie se anima, por ejemplo, a cerrar la planta de Portland en Paysandú que pierde US$ 30 millones por año desde hace 20 años. Menos aún la refinería de ANCAP, como acaba de proponer Martin Rama, un destacado economista uruguayo y para nada catalogable de neoliberal.

Es difícil definir la “ortodoxia” -quizá habría que preguntarle a Chesterton que escribió un magnífico libro sobre ella-. Pero para que la gente tenga libertad de criar a sus hijos y tenga “salud, casa y laburo” es preciso pegar un volantazo y sacudirnos de la inercia que nos amodorra. Porque para ello es necesario volver al crecimiento del 3% anual por lo menos, a reducir nuestro déficit fiscal y adoptar las políticas que incentivan la inversión.

Y eso no es “ortodoxia”. Es sentido común. Porque no hay nada más eficaz para mejorar las condiciones de vida de la gente que una buena política económica.

Como repetía incansablemente Thomas Sowell, la creación de riqueza a través de una economía de mercado funciona mucho mejor que la redistribución, y que las políticas económicas que fomentan la producción, el trabajo y la libertad económica son las que realmente sacan a la gente de la pobreza a gran escala. Lo cual no impide, por supuesto, atender las carencias de los más vulnerables sobre todo en temas de educación y salud.

Quizá sobre este tema crucial tengamos definiciones más precisas del ex presidente Lacalle a medida que se acerquen las elecciones.

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Opinión:

Comments (5)

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